Están llegando a mis manos folletos en los que se me invita a abrir mi corazón a Cristo y dejar de lado de una vez por
todas la excesiva preeminencia otorgada a “la razón”, cualidad de por sí
tramposa (<diabólica> dicen algunos) pero fundamentalmente limitada, tan inútil que incluso es insuficiente para la modesta empresa de entender las
cosas de este mundo y obviamente absolutamente inadecuada para atender las
cuestiones sobrenaturales y trascendentales.
Nos regalan este menoscabo a la razón a través de abundantes citas de teoremas como los de
incompletud de Gödel, el principio de incertidumbre de Heisenberg, la paradoja
de Bell y a algunas otras conocidas restricciones de la lógica matemática y de la
física.
Filosóficamente
atrasan pues la cuestión ya fue descripta así: "El último paso de la razón es
el reconocimiento de que hay una cantidad infinita de cosas que están más allá
de ella". Lo dijo Blas Pascal en el siglo XVII ... ¡pero esto no impidió
que los desarrollos en torno a la inconmensurabilidad de Gödel llevaran a
Turing a desarrollar su autómata finito sentando las bases de la computación
actual y permitiendo que muchos tengamos una PC en casa para jugar, calcular, investigar y escribir respuestas a las propuestas tontas!
Ese fue solo un ejemplo de que "los límites de la razón" son lo suficientemente elásticos como para permitirnos progresar -sin duda no en forma infinita- pero mucho más de lo que habitualmente podemos imaginar.
Lo
que estos señores no toman en cuenta, es que aún admitiendo que los frutos de la
razón son limitados, restringidos –incluso gracias al esfuerzo de muchos
cultores del posmodernismo también podemos añadir que el ejercicio de la racionalidad está desprestigiado- no hay nada que nos lleve a
aceptar que sus particulares creencias religiosas son más ciertas o verosímiles
que los mitos mayas o las leyendas védicas o los sueños de los tricornios azules ...
La
razón no es perfecta, concedido, pero de ahí a la inmortalidad del alma o a la
infalibilidad papal hay un largo trecho que los creyentes pretenden que
recorramos en forma acrítica.
Además,
suelen usar estas “limitaciones de la razón” –que de hecho existen pero están
muy lejos de la problemática de la vida cotidiana- para que dejemos de lado la
ciencia en la lucha contra sus mitos y revelaciones.
¡No
bajar la guardia! ¡La superstición acecha y los argumentos maliciosos también!